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cuentos

El cofre del tesoro: un cuento de lectura y luz en Fageca

26 ago 2026 7 min de lectura Fageca, Alicante
El cofre del tesoro: un cuento de lectura y luz en Fageca

En Fageca había rincones que parecían normales durante el día, pero que cambiaban cuando el sol empezaba a esconderse detrás de las montañas.

El rincón de lectura era uno de ellos. Tenía unas escaleras de piedra, un sillón de madera con cojines suaves y un pequeño banco junto a la pared. Allí, Mía y Julieta habían pasado muchas tardes leyendo cuentos, inventando aventuras y mirando cómo las sombras se alargaban sobre el suelo.

Pero aquella tarde no estaban leyendo. Estaban sentadas en el primer escalón, una a cada lado de un pequeño cofre cerrado.

El hallazgo en la plaza

—¿Quieres abrirlo tú? —preguntó Julieta.

Mía miró el cofre con los ojos muy abiertos.

—¡Vale! Y somos hermanitas.

Las dos sonrieron.

El cofre no era muy grande. Tenía la madera oscura, unas pequeñas tiras de metal y una cerradura dorada que parecía demasiado brillante para un objeto tan antiguo. Lo habían encontrado en la plaza, debajo de un banco rojo. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Julieta sacó de su bolsillo la pequeña llave que habían encontrado junto a una maceta. La acercó a la cerradura.

Clac.

El cofre se abrió despacio. Durante unos segundos, las niñas no dijeron nada. Dentro no había monedas, ni joyas, ni piedras preciosas. Solo había una pequeña semilla dorada, redonda y luminosa como una gota de sol.

—¿Eso es todo? —susurró Mía.

La semilla dio un pequeño destello. Las dos hermanas se inclinaron hacia ella.

—A lo mejor es una semilla mágica —dijo Julieta.

—¿Y qué crece de una semilla mágica?

—Pues… algo mágico.

Mía la miró con seriedad.

—Eso no explica mucho.

Julieta cogió la semilla con cuidado. Estaba tibia, como si hubiera estado guardada junto a una vela encendida. En cuanto la tocó, una diminuta estrella salió de ella y flotó sobre sus manos. Después desapareció.

—¿Lo has visto? —preguntó Mía.

—Claro que lo he visto.

—¿Y si solo lo he imaginado?

—Entonces lo hemos imaginado las dos.

El deseo verdadero

Las niñas se quedaron pensando. En el fondo del cofre había un papel doblado. Julieta lo sacó y lo abrió con mucho cuidado. La letra era fina y redonda. Decía:

*“Una semilla de luz solo crece cuando se planta con un deseo verdadero. Cuidadla juntos y descubriréis su tesoro.”*

—¿Qué significa “juntos”? —preguntó Mía.

—Que tenemos que hacerlo entre las dos.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces no preguntes.

Mía le dio un pequeño empujón con el hombro.

Las dos empezaron a buscar un lugar donde plantar la semilla. Pensaron en la plaza, junto a la fuente. Pensaron en el banco rojo. Pensaron en el patio de su casa. Pero la semilla volvió a brillar cuando miraron hacia el rincón de lectura.

—Tiene que ser aquí —dijo Julieta.

Cerca del sillón había una zona de tierra entre dos piedras. Era pequeña, pero recibía la luz de la tarde y estaba protegida del viento. Mía hizo un agujero con una ramita. Julieta colocó dentro la semilla. Después la cubrieron con tierra.

—Ahora necesitamos agua —dijo Mía.

Fueron a buscar un vaso pequeño y lo llenaron en la fuente. Regresaron muy despacio para no derramarlo. Mía echó unas gotas sobre la tierra. Julieta añadió las que quedaban.

No ocurrió nada. Esperaron. Pasó un minuto. Después otro. La semilla no salió. No apareció ninguna planta. Ni siquiera hubo otro destello.

—Quizá no funciona —dijo Mía.

—El papel dice que necesita un deseo verdadero.

—Yo he deseado que crezca.

—Pero ¿qué has deseado exactamente?

Mía se quedó callada. Miró el sillón, los libros apilados y las piedras cálidas por el sol.

—Deseo que siempre tengamos un lugar donde leer juntas.

Julieta sonrió.

—Ese sí es un deseo verdadero.

—¿Y tú?

Julieta pensó un momento.

—Deseo que, aunque nos hagamos mayores, nunca dejemos de inventar historias.

La planta de luz

La tierra empezó a moverse. Primero apareció una pequeña línea dorada. Luego, un tallo verde muy fino salió entre las piedras.

Las niñas se abrazaron.

La planta creció lentamente delante de ellas. No se hizo grande de golpe. Subió apenas unos centímetros y abrió dos hojas redondas, suaves y brillantes. En el centro apareció una pequeña flor cerrada.

—Tenemos que cuidarla —dijo Mía.

—Cada día.

—Y no podemos contarle el secreto a todo el mundo.

Julieta levantó una ceja.

—¿A quién se lo contarías tú?

—A mamá y a papá.

—Entonces no es “todo el mundo”.

Esa noche volvieron a casa y no dijeron nada de la semilla. Después de cenar, se pusieron el pijama y se metieron en la cama. Pero ninguna conseguía dormirse.

—¿Crees que habrá crecido? —preguntó Mía.

—Seguro.

—¿Y si alguien la pisa?

—No la pisará nadie.

—¿Y si tiene frío?

—Las plantas saben cuidarse.

—¿Y si…?

—Mía.

—¿Qué?

—Vamos a verla.

Salieron de puntillas. La casa estaba en silencio. Caminaron por las calles de Fageca bajo la luz de la luna. Las ventanas estaban oscuras y solo se escuchaba algún grillo escondido entre las plantas.

Cuando llegaron al rincón de lectura, la flor ya estaba abierta. De su interior salía una luz dorada y tranquila. No iluminaba como una lámpara. Era más bien una luz suave, parecida a la que queda en una habitación cuando alguien acaba de apagar una vela.

Las hojas de la planta comenzaron a moverse, aunque no hacía viento. Una pequeña esfera de luz subió desde la flor. Después apareció otra. Y otra más. Pronto, todo el rincón de lectura estuvo lleno de diminutas luces flotantes.

Mía abrió la boca, sorprendida.

—Parece que hay estrellas en el suelo.

—O que el cielo ha bajado a visitarnos.

Las luces se acercaron a los libros. Una se posó sobre un cuento de animales. Otra se escondió entre las páginas de un libro de aventuras. Otra se quedó encima del sillón.

Julieta tomó uno de los libros y lo abrió. Las ilustraciones parecían moverse ligeramente. El bosque dibujado en sus páginas brillaba con una luz azulada. Los árboles parecían respirar. Un zorro levantó la cabeza y miró hacia ellas.

Mía cerró el libro rápidamente.

—¡Se ha movido!

—Solo un poquito.

—¡Los dibujos no se mueven!

—En este rincón sí.

Lo que se comparte, crece

La planta volvió a brillar. Una de las luces se acercó a Mía y se quedó delante de su nariz. Mía levantó un dedo. La luz se posó sobre él.

Entonces escuchó una voz muy suave, tan suave que parecía venir de dentro de su propio corazón: *“Lo que se comparte, crece.”*

Mía miró a Julieta.

—¿Has oído eso?

—Sí.

—¿Qué significa?

Julieta miró las luces, la semilla convertida en planta y los libros del sillón.

—Quizá el tesoro no es la planta.

—¿Entonces qué es?

—Lo que ocurre cuando estamos juntas.

Mía pensó en todas las tardes que habían pasado allí. Recordó las historias inventadas, las meriendas compartidas y las veces que una había ayudado a la otra cuando algo no salía bien.

—¿El tesoro son nuestros momentos?

—Puede ser.

Una luz bajó despacio hasta el suelo y dibujó un pequeño círculo dorado alrededor de las dos hermanas. Dentro del círculo aparecieron imágenes: ellas riendo en la plaza, corriendo por una calle, leyendo bajo el árbol y compartiendo una manta en el sofá de casa.

Mía reconoció cada recuerdo.

—La planta está guardando nuestras historias.

—Y las convierte en luz.

—¿Para qué?

Julieta miró hacia el pueblo. Algunas ventanas empezaban a iluminarse. Quizá otras familias también estaban terminando de cenar y preparándose para dormir.

—Para que nadie olvide que una historia puede hacer compañía.

Un secreto para compartir

Las niñas decidieron que no se quedarían el tesoro solo para ellas. A la mañana siguiente llevaron a sus padres hasta el rincón de lectura. Les enseñaron la planta, que ahora tenía pequeñas flores doradas, una por cada recuerdo compartido.

Mamá se quedó maravillada. Papá se sentó en el sillón y abrió uno de los libros.

—¿Y qué hacemos con tanta luz? —preguntó.

Mía miró a Julieta. Julieta sonrió.

—Leerla.

Desde aquel día, cada noche escogían una historia y se sentaban juntas junto a la planta. A veces leían cuentos conocidos. Otras veces inventaban los suyos.

Cada vez que compartían una historia, nacía una nueva lucecita. Con el tiempo, el rincón de lectura se llenó de pequeñas estrellas doradas. Algunas subían hasta las ramas del árbol. Otras se quedaban cerca de los libros. Y algunas viajaban por las calles de Fageca para acompañar a los niños que tenían miedo a la oscuridad.

El cofre permaneció junto a la planta, abierto y vacío.

—¿No deberíamos guardar otra cosa dentro? —preguntó Mía.

—Sí —dijo Julieta—. Algo para quien lo encuentre después.

Escribieron una nota y la dejaron en el interior:

*“Si has encontrado este cofre, busca la semilla de luz. No necesitas ser rico para tener un tesoro. Basta con compartir una historia, cuidar a alguien y dejar un poco de luz para los demás.”*

Después cerraron el cofre.

Aquella noche, antes de acostarse, Mía le preguntó a Julieta:

—¿Crees que alguien encontrará la nota?

—Seguro.

—¿Y si no la encuentra?

—Entonces la encontraremos nosotras mañana.

Las dos rieron. Se metieron en la cama, se taparon hasta la barbilla y pidieron a sus padres que les leyeran un cuento.

Fuera, en el rincón de lectura, la planta de luz movió suavemente sus hojas. Una estrella se elevó hacia el cielo. Y desde entonces, cada vez que una familia de Fageca abría un libro antes de dormir, una nueva lucecita aparecía en algún lugar del pueblo.

Porque algunos tesoros no se gastan. Cuanto más se comparten, más brillan.

***

Si quieres seguir descubriendo cómo se vive la infancia y el verano familiar en el pueblo, te recomendamos leer Fageca con niños: por qué aquí vuelven a ser niños y Qué llevar a Fageca para una semana con niños.

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